Se proyecta hoy a las 20.30 en el Espacio Incaa Unicen –repite mañana y pasado a las 22- el documental “Los relocalizados” (Argentina, 2017), de Darío Arcella. La gente que vivía precariamente en el demolido Albergue Warnes fue desalojada y trasladada a un barrio presentado como “ideal”, construido en 90 días sobre un basural. El director, presente durante la mudanza, vuelve 25 años después para ver qué fue de esas vidas y ese lugar.

En lo que se podría denominar como una secuela de otro documental de Darío Arcella llamado “Warnes aparte” (Argentina, 1990) -con todo lo que la palabra secuela implica simbólicamente en este caso en particular- el documentalista se metió en el universo del barrio Ramón Carrillo de Capital Federal. Con una edición exquisita en la que desfilan imágenes mientras se disparan testimonios en off, el documental apunta a mirar sin prejuicio y sin una línea direccionalizadora del pensar. 

Darío Arcella vive en la sierra cordobesa. Cuando lo llamé estaba llegando a su casa cuesta arriba luego de venir caminando por cinco kilómetros, me pidió que lo llamara en diez minutos. Pasado el lapso (con algún minuto más de yapa) lo contacté por whatsapp para verificar que estaba en condiciones de atenderme. Me contestó que sí y que “con un vaso de agua se ve el mundo mejor”.

Una vez en contacto, me narró que en el año 1990 filmó junto a Luis Campos un documental sobre el Albergue Warnes, esas “dos moles destinadas a ser el Hospital Pediátrico más importante de América Latina”, que tuvieron su destino truncado tras la Revolución Libertadora de 1955. El proyecto del Hospital Pediátrico se abortó cuando ya estaba a punto de terminarse. El lugar fue abandonado y saqueado con los años. 

“A partir del ’83, y después de varias historias (entre ellas la de haber sido un “chupadero casual”, valga la ironía, acotó Arcella), comenzó a poblarse”. La gente que comenzó a tomarlo como vivienda pertenecía a las clases más castigadas por las debacles económicas.

“En el ’89 había mucha clase media y media baja que había quedado sin casa y fue a parar al Albergue Warnes”, continuó el director del documental y agregó, para resumir  la precaria situación del lugar, una especie de slogan matemático del horror: “ocho pisos, tres mil personas, cinco canillas”. El vaso de agua de la conversación previa a la entrevista tomaba otro valor.

Durante tres meses, Arcella y Campos estuvieron registrando la vida en los edificios y esas imágenes desembocaron en “Warnes aparte”. El film se estrenó en el mismo Albergue para los propios protagonistas dos meses antes de que fueran mudados. Un juicio obligaba al Estado a devolver a una familia el predio, dado que no se habían cumplido los objetivos por las cuales se había expropiado ese terreno. 

Entre los pocos periodistas presentes en esa ocasión, estaba el mítico Fabián “Polo” Polosecki, quien escribía para el diario Sur. “Ver una película del Warnes en el mismo lugar en donde fue filmada y rodeado de sus únicos protagonistas, aporta una información extra, irrepetible en otro lugar”, afirma en las primeras líneas de su crónica.

“Yo vivía en el sexto piso del Albergue Warnes y teníamos que subir el agua con tachos de 20 litros. Entonces, imaginate la emoción cuando entré al baño y abrí la ducha. Lo primero que hice fue bañarme” indica una voz de mujer en los primeros minutos de “Los relocalizados”. Otro, como adelantando lo que se verá en el resto del documental afirma: “lo que es precario va a ser precario toda la vida”.

Arcella filmó la mudanza de las 700 familias, la demolición y las primeras imágenes del barrio Ramón Carrillo, a donde la gente fue trasladada. Un barrio edificado en 90 días sobre un basural lindero a Villa Soldati.

“Me quedó ese material dormido por 24 años. Viéndolo con Marina, -mi mujer, que también es mi productora ejecutiva- se me empezó a mover un montón de cosas y vimos que ahí  había una película: qué pasó 25 de años después”, dijo.

Añadió que los desalojados fueron llevados a un “plan de vivienda ideal” y “realmente eran unas casitas de escenografía. Empezaron a quebrarse rápidamente, el asfalto de las calles era una carpeta finita. Las cañerías mal hechas. Los terrenos eran de 6 por 12 y están fuera de mensura, por lo cual no pueden escriturar” y repitió con más énfasis, como para ver si la misma repetición diera mayor sentido al sinsentido: “el Estado les entregó terrenos fuera de mensura”. 

Arcella lo definió categóricamente como “un desprecio muy profundo por el valor que significa el derecho a la vivienda”. Agrego yo que el transcurso de los 25 años lo aleja de cualquier bandería partidaria y lo acerca a la desidia y desmanejo de todas las administraciones. 

“Entré al barrio 25 años después y, te juro, no reconocí nada. Los vecinos construyeron casas de cuatro pisos y antisísmicas, porque el terreno es movedizo”. Observó también “un deterioro muy grande, sobre todo en los tejidos sociales” aunque notó que antes “la organización barrial se estructuraba a través de delegados y presidentes. Hoy, después del 2001 –“en Argentina pasó un huracán en 2001, por si nadie lo recuerda” añadió irónico-, las organizaciones barriales se transformaron en asamblearias. Lo que era antes un presidente –que era comprable y se quedaba con el dinero de todos, el clásico punterismo político-, hoy es una asamblea, que es incomprable. Porque no podés comprar a todos”.

Para Arcella, la película es “una metáfora de muchos barrios. Los carrillones lo toman como propios y yo me enorgullezco. Pero para mí la película trasciende al barrio –dijo sin pretensiones- sino que tiene que ver con retratar la situación en la que se encuentran millones de argentinos”.

Observó que “los pibes se encuentran con una falta de igualdad de oportunidades pasmosa” aunque también rescató que se encontró con algo maravilloso: “La UBA abrió una sede en Lugano I y II, en pleno corazón histórico de la falta de oportunidades. En el Warnes no había ni un solo universitario. Son casi tres generaciones que han pasado y me encontré con más de 20 pibes universitarios en el Carrillo”.

El documental muestra. Hace ver. Da luz a los procesos de la “caja negra” que se desarrolla en las calles intrabarrio. “Mostrar siempre es una subjetividad. El encuadre mismo produce un recorte de la realidad. Pero traté de que ese recorte fuera lo más consensuado posible. Para eso hicimos talleres en el barrio. Uno de contenidos, en donde venían y nos contaban cosas de la actualidad y del pasado. 

En ese taller tomamos nota de los temas que nos parecían más importantes y que llevarían el relato adelante. Y dimos un taller, en paralelo, de narrativa cinematográfica. Lógicamente, los más jóvenes fueron los más interesados en esto. Mientras los más viejos venían y nos contaban historias, los más jóvenes venían a escucharlas y después las trabajaban”, contó.

“Después de medio año de trabajo en el taller y de algunas prácticas, les dejamos dos cámaras en el barrio. Acordamos tipos de encuadre, angulaciones, tamaños de plano para que la película tuviese un mismo criterio estético”. El resultado es que más de un 30 por ciento del material de la película está realizado por los mismos pibes del barrio, “lo cual le da una riqueza a lo que para nosotros era una premisa: lograr que el punto de vista fuera lo más amplio posible, que fuera lo menos direccionado posible. En donde el retrato fuera el “sueño del retratista”, que implica que el retratado se retrate a sí mismo”. 

El rodaje del resto del material se realizó en seis meses con los chicos del taller como asistentes.

Veredas que se revientan por el agua que burbujea entre las baldosas, sonido de tiros en calles desiertas, solidaridad entre vecinos y rechazos a otros que se aprovechan de las situaciones, música, iglesia, San La Muerte y Gauchito Gil, llantos, risas, pibes muertos y recordados y tramos con estética de videoclip. 

Todo ello en la licuadora que propone este documental tristemente exquisito, que deja un trago rasposo, una laceración que ignoramos por inocencia o conveniencia, una reflexión, una introspección también si es que se lo ve con los prejuicios con la defensa baja. Y un hallazgo, tanto los desalojados como los relocalizados, los del ’90 y los del 2016, siempre perdiendo ante Alemania en la final del Mundial. La mirada atónita, los cuerpos como estatuas ante el televisor. Y el silencio. El profundo silencio que provoca verlos a ellos perdiendo. A nosotros perdiendo. 

La precariedad tomando cuerpo. Como una línea. Como un surco profundo y continuo, de tanto ir y venir reclamando.

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